6.1.13

durazno



Solo sería un durazno. Un afelpado, amarillo, pequeño y único durazno. 

La cajera uno a uno pasaba cada uno de los productos, deslizandolos suavemente como si estuviera embarrando mantequilla sobre pan, o como si estuviera hojeando delicadamente una libreta de hojas extremadamente finas y delgadas. "Bip!" sonaba cada que el producto estuviera de mi lado. Era mi lado, en el que debía meter los artículos, en este caso, a la bolsa de tela azul que me había sido entregada para cumplir con mi tarea. Mi lado, mi terreno, mi campo de juego, éste último así le llamaba Alfonso porque cuando le tocaba estar con la cajera Susana decía "es hora de entrar al campo de juego!" y debía estar atento a todos sus movimientos, y no había tiempo que perder pues ella tenía un buen ritmo y era la caja que más avanzaba cuando era quincena. Claro que tambien, a Alfonso le gustaba estar en el turno de Susana porque era su oportunidad para clavarse artículos que cómo Alfonso decía "no les va hacer falta". 

Susana era grande y muy hábil para pasar los artículos sobre el lector de código de barras. Una vez, contamos cuantos productos pasaba por minuto, sin importar su tamaño o consistencia, ya que quienes querían retar a Susana generalmente se les resbalaban de las manos los productos congelados. O cuando eran productos de gran tamaño había que usar las dos manos y esto hacía perder segundos dejando que Susana siguiera siendo la ganadora.

Yo esperaba que la cajera soltara el último fruto para que rodara sobre la superficie de metal y llegara directo a mis manos, entonces haría como si lo metiera a la bolsa junto con las demás verduras mientras ella (cliente) estuviera distraída viendo los precios en la pantalla del mostrador. Repetía en mi interior la frase de Alfonso, recordaba como me enseñaba al final de turno los artículos que se clavaba, presumiéndomelos con orgullo, y yo por supuesto actuando con asombro y admirez.

Dos calabazas, una zanahoria, una cebolla, dos mandarinas y dos duraznos. No. Dos calabazas, una zanahoria, una cebolla, dos mandarinas, un durazno. Me disculpe en mi interior. Y tu buscaste en el interior de tu monedero algunas monedas. Intercambiamos palabras de gratitud. No es que pensara que no te haría falta. Tampoco pensé que fuera como que a mi me faltaba un durazno en mi vida. Te imaginé llegando a tu casa y maldiciendome mientras sacabas de la bolsa de tela toda tu despensa para guardarla en tu bella cocina. Te imagine enojada, mirando el frutero, ahora un frutero al que le haría falta un espacio por llenar.


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