Hora de comer.
No le sirven la comida. Desde hace tiempo el se sirve su plato. Dos, tres porciones de la variedad de platillos recien hechos, recien calentados sobre la estufa.
Los juegos de cubiertos no son sus favoritos, nota el color del mango de la cuchara, su aspereza y su antiguedad con lo que lleva la comida a su boca.
-Has perdido tus modales en la mesa-
Los codos son lo suficientemente amplios para tirar la sopa de quien tienes a lado. Como si hubieras no comido hace tres días, te echas todo de un solo bocado, salpicando migajas, salpicando saliva, y dejando correr pedazos de comida alrededor de tu boca. Las servilletas no se inventaron para anotar pendientes.
Ponte a la defensiva, se pone agresivo y pierde toda cordura y firmeza delante de quienes le admiraban, al escuchar el nombre que te hace enfurecer. No quieres saber de ello, no quieres escuchar, y tu apetito se dilata a cada bocado más.
El silencio se hace incomodo al sorbo del final de tu sopa, al querer llevarte a la boca todo lo que no sostiene ni el tenedor, ni los ojos de quien tienes al frente perdiendo todo apetito al llevarse contigo toda emoción a la grandeza de tu boca y lo que guarda todo en su interior.
Porque el de enfrente no quiere imaginarse a donde va, porque no quiere saber donde terminará, porque no quiere oler, ni escuchar, solo quiere el reencuentro del sabor con lo que le trajo hasta ahí.
Se para y se va.
Todos se paran y se van.
Sabes que no te gusta comer solo. Y te pones a llorar.
1 comentario:
=(
Publicar un comentario