Que esperaba con ansía subir la mirada, verle a los ojos y sonreir "te veo mañana".
Que los escondites siguieran escondidos, que los arboles siguieran de su tamaño para subir en ellos, que el olor de las hojas de limonero mantuviera su aroma en sus dedos.
El libro permaneció ahí, no lo tiró, no lo regaló, no lo abrió.
Cada que recordaba verlo y que debía leerlo, solo se quedaba viendo la portada, no más. Mitad rojo, mitad blanco. Las letras no eran de goze para ella.
Solo le gustaba la inicial de su nombre, redonda y abierta, para conjugar entre vocales y consonantes, para utilizarla en una firma, para marcarla con el dedo sobre un cristal empañado.
Visualmente atraida por su alrededor. Entre color, formas, texturas... era lo único que llamaba su atención.
Te olvidaste que le importas, te olvidaste que lo hizo por ti.
El se olvido recordarle que lo leyera.
La presión social la impulso a otro lado, al camino fácil, al camino que la mayoría toma, al camino que ahora desvió y que su alrededor le cuesta comprender.
Ahora firme y sola, camina para entrar al supermercado, todos la miran. Todos dicen algo. Su paso se acelera para solo ir a lo que busca. No se entretiene. No quiere darse cuenta. No quiere sostener miradas con la gente que la mira. No quiere convivir.
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