La evidencia concisa. No sabía que quería decir, pero solo tenia unos minutos para ir y venir. Pensaba si ir a la farmacia o al centro comercial. Qué sería más rápido en estos casos? Miró por la ventana, el sol estaba que ardía el pavimento y unos cuantos pájaros arrastrandose con dificultad con la lengua fuera de sus picos buscando una sombra donde permenecer el resto del mediodía. - No me tardaré nada - pensó y volvía a dudar de su sabia decisión de ir al centro comercial. Se miraba al espejo. La palidez de su rostro sigue siendo la misma. - No tiene caso que me arregle - pensó. Tiene años sin arreglarse. Ha perdido el sentimiento de creer que alguien pudiese enamorarse de ella por haber hecho bien en salir arreglada en un día cualquiera. - No me tardo - dijo en voz alta. Nadie contestó.
Pasillo 3 a la derecha. - Ya estoy cerca, respira, respira - pensaba mientras se dirigía a la sección de frutas y verduras. Una anciana con maquillaje corriendo por sus innumerables arrugas se le queda viendo. Ella sonríe. Toma la mitad de una papaya. La de aspecto más pequeño. La papaya es demasiado fria para su mano que la sostiene y cambia de mano una y otra vez. Regresa por el mismo pasillo para luego ir al área de farmacia y piensa - no lo voy a lograr - se imagina tirada en el suelo con una voz de fondo diciendo "Rosalinda se le solicita quitar el bulto del pasillo 3, pasillo treeeees" mientras se amontonan carritos de super a su alrededor con los dueños de estos con cara asombrada y queriendole interpretar con palabras lo que sale de sus bocas chismosas, bocas chismosas y babosas.
La caja siete esta vacía. - Tarjeta de puntos - dice la cajera. Su cartera está sucía y pensó en el chiste que le hicieron un día antes, pensó que la cajera le diría el mismo chiste, luego pensó en lavarla, lavarla algún día de estos que pueda tener un poco más de control sobre si misma. - Desea retirar efectivo? - dijo la cajera. - no, gracias - respondió y espero impaciente el papel y la pluma para firmar y largarse lo más pronto de ahí. - No es nada, estoy bien - ella pensaba como si la cajera le preguntara algo pero solo sonreía y mientras recibía el papel y la pluma para firmar. La pluma parecía no tener tinta y la desesperación aumentaba. - Gracias - dijo ella y tomó la única bolsa de plástico que le estaría esperando al final de la caja, con sus dos agujeros bien parados y listos para que su brazo se introdujera y acompañarla en el siguiente camino de regreso.
Pareciera que dios está de su lado y dejo la avenida libre de coches para que pudiera cruzar lo más rápido posible, sin tropezarse, sin nadie que la entretuviera para preguntarle sobre calles que desconociera, sin ningun perro que se interpusiera en su camino, ni ladrara ferozmente frente a ella. - No cerraré la reja esta vez - pensaba mientras abria la primer reja.
Las escaleras parecian infinitas y el sol parecia estarlas derritiendo mientras podría estarsele escuchando burlarse desde el cielo. - No, no - repetía ella al dar un paso sobre cada escalón, - no, por favor, no - quería llorar y a la vez enojarse por su cobardía de no seguir adelante. La última puerta, con sombra, con un interior fresco, solitario y calmado se encontraba al final del pasillo despues de las escaleras. No se escuchaba nadie que estuviera al pendiente cuando ella abría la puerta aceleradamente.
Tiro al suelo su compañía de plástico y busco enseguida su privacidad, su alivio, pero solo encontro un objeto blanco y de porcelana mejor conocido como inodoro. Permaneció junto a él buscando soluciones pero solo se encontraba quejandose agobiada, aturdida y fatigada. - De esto no me puedo morir - dijo en voz alta, pero nadie le contestó. Y sentía resbalar gotas frías amenazando a su rostro para dejarlo empapado, posiblemente ahogado. Tambien había gotas que salían de su boca, éstas caían de forma babosa y escurridisa sobre el piso de la regadera, con pequeñas burbujas que permanecían ahí sin hacerse más chicas o más grandes. No dejaba de pensar en un poco de agua que pudiera beber, agua natural y transparente, pero el ponerse de pie implicaba pararse descalza sobre millones de clavos hirviendo, espadas atravezando su espalda hacía su abdomen mientras unas gargolas con cabeza de demonio terminarían por arrancarle los ojos y sacar por ahí mismo uno a uno todos los metros de su intestino, si esto último fuera posible.
Permanecio ahí, ahora llorando. - Ya por favor ya - suplicaba y luego reía un poco por lo familiar que le sonaba esto. No era la primera, ni la segunda, ni la tercera vez. Estaba marcado como cada año, estaba advertida, sin embargo hizo caso omiso como el resto de las cosas que deja para el final. Esta omisión haría que este año se complicara más, pero no le importaba. Porque así es ella.
Hizo un ruido fuerte y se puso de pie. Tomo el único trago de agua que quedaba en el vaso de la cocina. Un esfuerzo más por cargar el garrafon para volver a llenar de agua ese vaso la dejaría inconciente, sin nadie que la mirara, sin nadie que hablase de ella o se acordará de ella. Se miró al espejo, con la cobija puesta, temblando, sudorosa, fea y sudorosa, blanca, terriblemente blanca y con los labios secos, duros y blancos. Miró su cama por última vez, la miró toda completa con las sabanas enrredadas, las almohadas, pensó que sería como caer en nubes que la abrazaran, que le hicieran cosquillas y le dieran una sopa caliente mientras le acomodan el cabello que cae en su rostro hacia un lado, hasta quedarse dormida, dormida y sonriendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario